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| Benedicto XVI |
Señalaba Gustave Thibon que, cuando las instituciones son
fuertes e inamovibles, están por encima de las personas que las
representan, a las que sostienen; en nuestra época, caracterizada por el
debilitamiento de las instituciones, muchas veces son las personas las
que sostienen las instituciones. Dante, por ejemplo, pudo permitirse el
lujo de incluir en el elenco de condenados al «che fece per viltade il
gran rifiuto», refiriéndose tal vez a Celestino V, que renunció a la
tiara pontificia (y que, sin embargo, luego sería elevado a los
altares), sin que por ello se menoscabara el prestigio del papado. Hoy, a
diferencia de lo que ocurría en tiempos de Dante, tiende a encumbrarse a
las personas que encarnan el papado, a veces con fervorín idolátrico;
pero tales excesos ditirámbicos –tan vacuos– ocurren mientras los
enemigos de la Iglesia se emplean mucho más eficazmente en desprestigiar
la institución.
La
renuncia de un Papa es un hecho de extrema gravedad y un motivo de
profunda preocupación para los católicos conscientes; y quien diga lo
contrario miente. El derecho canónico contempla este supuesto; y se
sabe, por ejemplo, que algunos Papas de los últimos siglos contemplaron
tal posibilidad: así, por ejemplo, Pío XII, que llegó a redactar un
documento ológrafo con la orden de publicar su renuncia si Hitler
llegaba a consumar su secuestro, para asegurar la libertad de la
Iglesia; y algo semejante hizo Pío VII, cuando más apretaba Napoleón.
Pero
la renuncia de Benedicto XVI reviste circunstancias muy distintas; y
también muy llamativas, después de que gran parte del pontificado de
Juan Pablo II transcurriera entre el griterío farisaico del mundo, que
reclamaba su renuncia, ante las muestras de deterioro físico causadas
por los años y las dentelladas feroces de la enfermedad.
Resulta,
sin embargo, innegable que aquella resistencia heroica de Juan Pablo II
en el timón de la barca de Pedro tuvo efectos negativos para el
gobierno de la Iglesia, confiado a personas que no siempre actuaron con
la diligencia debida. Probablemente, Benedicto XVI no quería que los
últimos años de su pontificado, ante un previsible decaimiento paulatino
de su fortaleza física, quedasen marcados por el desgobierno de la
Iglesia; sospechamos que las tribulaciones vividas con los escándalos
causados por los casos de pederastia o por el robo de papeles
confidenciales en los mismísimos Palacios Apostólicos han sido
determinantes en esta decisión excepcional.
Escribo
estas palabras consternado; si dijese lo contrario, estaría mintiendo a
mis lectores. Creo en la naturaleza sobrenatural del ministerio
petrino; creo que el Papa goza de una asistencia de la gracia divina
única y especialísima, como vicario de Cristo en la tierra; y creo que
la voluntad personal de un Papa declina ante la misión que le ha sido
asignada. Así lo defendí durante muchos años, en decenas de artículos
que escribí alabando la heroicidad de Juan Pablo II, cuando desde
diversas instancias mundanas se reclamaba su renuncia. Como el propio
Benedicto XVI proclamaba en el Ángelus del 10 de febrero de 2013, apenas
un día antes de sorprendernos con este anuncio, «la experiencia de
Pedro, ciertamente singular, es también representativa de la llamada de
todos los apóstoles del Evangelio, que no debe nunca desalentarse en
anunciar a Cristo a todos los hombres, hasta los confines del mundo. (…)
El hombre no es autor de su propia vocación, sino que da respuesta a la
propuesta divina; y la debilidad humana no debe tener miedo si Dios
llama».
La renuncia de Benedicto XVI no
podemos interpretarla, sin embargo, como una muestra de miedo o
debilidad. Si ha decidido renunciar no es porque así lo quiera su
voluntad, sino porque se ha visto incapaz de sobrellevar la misión que
le fue asignada y considera que el bien de la Iglesia así lo exige. No
olvidemos que las instituciones no las sostienen las personas; y tampoco
que a la Iglesia, institución de origen divino, le ha sido asegurada la
asistencia del Espíritu Santo hasta el fin de los tiempos.